"Morimos estando vivos." El impacto emocional de la DANA, un año después

A partir de cuarenta testimonios de vecinos y vecinas de l’Horta Sud, este informe analiza las consecuencias emocionales y sociales de la DANA de 2024.

GENERALRESEARCH

María Aliaga Figueres

10/26/2025

Vivienda tras la Dana
Vivienda tras la Dana

Fuente: Imagen propia.

Fuente: Imagen propia.

Fuente: Imagen propia.

Un año después de la DANA que afectó a gran parte de l’Horta Sud, su impacto sigue presente en la vida de quienes la vivieron.

Este análisis se basa en cuarenta testimonios de vecinos y vecinas de Alaquàs, Alfafar, Aldaia, Algemesí, Benetússer, Catarroja, Chiva, Guadassuar, Massanassa, Paiporta, Sedaví y Torrent, recogidos entre el 26 de septiembre y el 6 de octubre de 2025.

Más que explicar lo sucedido, se busca comprender cómo se vivió: qué emociones marcaron los primeros días, cómo se reorganizó la vida cotidiana, qué papel jugaron la solidaridad y la comunidad en la recuperación y qué heridas siguen abiertas un año después.

Los testimonios dibujan un retrato colectivo de una catástrofe que fue tanto meteorológica como política, social y emocional.

"Solo se veía desolación y desastre [...] Gente deambulando como zombis, algún fallecido. Un paisaje de guerra."

(Hombre, 64, Paiporta)

Más allá del daño material, lo que emergió fue una experiencia compartida de vulnerabilidad y desconcierto, un punto de inflexión en la forma de entender la seguridad cotidiana.

La comunidad como primer dispositivo de emergencia.

Los primeros días se vivieron en modo supervivencia. “Actuábamos totalmente como autómatas, íbamos a limpiar a casa todas las horas posibles, apenas comíamos, solo pensábamos en poder salvar algo y poder continuar nuestra vida de alguna manera.” (Mujer, 35, Sedaví) “Me encontraba como en una nube, en la que me dedicaba cada día a hacer lo mismo sin saber en qué día estaba.” (Hombre, 59, Guadassuar)

La acción fue una forma de defensa psicológica: “hacer algo” (moverse, limpiar, actuar…) se convirtió en una forma de sobrellevar el impacto.

A la vez, los relatos apuntan a la ausencia inicial de ayuda institucional. “La rabia está más presente, porque nadie avisó y las primeras ayudas de fuerzas de seguridad aparecieron a los tres días”, recuerda un vecino de Paiporta.

En ese vacío, la comunidad se organizó y se convirtió en el primer dispositivo de emergencia. La llegada de voluntarios y la colaboración entre vecinos marcaron un punto de inflexión. “Me sigue emocionando todas las personas anónimas, voluntarios que acudieron en masa y que nos ayudaron a limpiar nuestros hogares, que nos alimentaron y que nos dieron consuelo cuando nos sentíamos solos", apunta una vecina de Paiporta.

Esa respuesta colectiva no fue un gesto puntual, sino el reflejo de una movilización social de gran escala que cubrió las necesidades urgentes y actuó como un refugio emocional ante al miedo y la incertidumbre. Personas desconocidas se convirtieron en apoyo cotidiano, y la cooperación se transformó en una forma de resistencia compartida.

Según un estudio de More in Common (2024), el 76% de la población española afirmó haberse movilizado de alguna manera para ayudar a los afectados por la DANA, ya fuera participando en tareas de limpieza, donando materiales o apoyando a familiares y vecinos.

En ausencia de respuesta institucional, la solidaridad se convirtió en la estructura sobre la que se sostuvo la comunidad.

El reconocimiento hacia la respuesta ciudadana fue amplio y consistente en distintos estudios, lo que refuerza la percepción de una sociedad altamente movilizada ante la emergencia. Dicho informe de More in Common (2024) señalaba que la población española fue el actor mejor valorado en la gestión de la DANA, con un 65% de valoraciones de “muy bien” y un 28% de “bien”, seguida de la población de los municipios afectados (59% y 29%, respectivamente). En la misma línea, la encuesta de 40dB para El País (2024) mostraba que el 73,7% de los/as encuestados/as valencianos/as calificó la respuesta ciudadana como “muy eficaz” y otro 15,5% como “bastante eficaz”.

Fuente: Imagen propia.

Sin embargo, esta eficacia en la respuesta social ciudadana contrastó con la lentitud institucional. Una percepción que se reflejó en los datos: un 57,1% de la población valenciana declaró haber perdido confianza en las instituciones públicas tras las inundaciones (40dB, 2024). A nivel emocional, este estudio identificó altos niveles de enfado (35,7%), frustración (28,1%), vergüenza (22,2%) y decepción (22,9%), sentimientos que la población valenciana relacionó con las causas políticas. (40dB, 2024)

En los testimonios, este desencanto se traduce en una sensación persistente de abandono. “Nos sentimos desprotegidos, abandonados, aislados…”, recuerda una vecina de Sedaví. “Sobre todo recuerdo el sentimiento de abandono del día siguiente, sin saber qué hacer, qué pasaba, nadie venía a decir nada” (Mujer, 33, Catarroja)

La DANA puso de relieve la fortaleza del tejido comunitario, pero también las limitaciones de la respuesta institucional en los primeros momentos de la crisis.

De la acción al agotamiento.

Con el paso de las semanas, la energía inicial dio paso al cansancio. “Sin parar de sacar barro de los bajos de familia y amigos. Mucha desolación pensando que se había perdido todo. Impotencia y agotamiento”, comenta una vecina de Algemesí.

La actividad frenética de los primeros días funcionó como un mecanismo de defensa, pero con el tiempo derivó en fatiga y el impacto emocional empezó a aflorar. “Miedo, ansiedad, angustia. No podía estar sola nunca, ni siquiera para dormir.” (Mujer, 27, Catarroja)

Según la encuesta de 40dB (2024), para el 54,7% de la población valenciana la tristeza fue la emoción predominante tras la DANA, seguido de un 40,1% que destacó la preocupación. A nivel nacional, el informe de More in Common (2024) reflejó un patrón similar: tristeza, impotencia e indignación, parcialmente compensadas por el sentimiento de solidaridad.

Heridas todavía abiertas.

Un año después, la DANA sigue presente en las calles, en las conversaciones cotidianas y en la memoria colectiva. “En el día a día, todos aquí tenemos historias. En un grado u otro nos ha afectado en cuanto a pérdidas personales y materiales.” (Mujer, 32, Paiporta) “A veces paso por algunos sitios y hay ese olor a barro que me recuerda a esos días”, comenta un vecino de Sedaví.

La pérdida del hogar aparece como el eje más doloroso. “Sigo de duelo por la pérdida de mi hogar. Es difícil de asimilar perderlo todo, toda mi vida estaba en mi casa. Morimos estando vivos.” (Mujer, 52, Paiporta) El hogar, más que un bien material, es entendido como una extensión de la identidad. Su destrucción alteró la sensación de estabilidad y seguridad.

Fuente: Imagen propia.

"Era cansado y frustrante limpiar barro constantemente y ver que la normalidad iba a ser un proceso muy largo."

(Mujer, 20, Alfafar)

Fuente: Imagen propia.

Los síntomas de estrés postraumático (pesadillas, insomnio o ansiedad ante la lluvia) son frecuentes en los testimonios, aunque rara vez se nombran como tales. El malestar se expresa en un lenguaje cotidiano y se asume como una consecuencia inevitable de lo vivido. “Cuando dicen que va a llover o van a haber tormentas, cuando dan alguna alerta…nos asustamos y tememos que vuelva a pasar lo mismo”, apunta una vecina de Sedaví. “Yo todavía siento miedo, no soy capaz de estar tranquila si llueve o truena, a pesar de que ese día en Catarroja no llovía”, matiza otra de Catarroja.

Esta hipervigilancia meteorológica se ha convertido en una forma de ansiedad colectiva: una manera de prevenir, pero también un recordatorio permanente del trauma.

Como explica Marta Gómez Jardón, Psicóloga General Sanitaria, ante un hecho traumático, las señales que nos recuerdan lo vivido (como la lluvia), pueden activar una respuesta de alarma en el cuerpo. Esto no es más que una forma de protección: nuestro sistema nos pone en sobre aviso. Según ella, lo que ocurre es una especie de desconexión temporal entre lo racional y lo emocional. "Aunque la parte racional sabe que la lluvia no es sinónimo de catástrofe, la parte emocional necesita tiempo para reconocerlo y volver a sentirse segura pese al mal tiempo o a cualquier señal que nos haga conectar con aquel momento."

La salud mental y la autogestión emocional.

La mayoría de las personas entrevistadas afirma no haber recibido apoyo psicológico tras la DANA. Aquellas que sí lo buscaron, lo hicieron de forma privada. La ausencia de acompañamiento psicológico público y la normalización de la autogestión emocional son rasgos comunes en los relatos. “He tratado de gestionarlo yo misma, aunque hay momentos de flaqueza.” (Mujer, 60, Alaquàs)

Este patrón se enmarca en un déficit a nivel estructural. Cuando ocurrió la DANA, la Comunidad Valenciana contaba con una de las tasas más bajas de psicólogos del país: 55,54 por cada 100.000 habitantes, frente a una media nacional de 83,17 (INE, 2023). Solo Castilla y León, Castilla-La Mancha y Ceuta presentaban cifras inferiores (The Objective, 8/11/24). Este carencia explica, en parte, la falta de acompañamiento psicológico público señalada por la mayoría de los testimonios.

A la escasez de recursos se suma, como apunta Marta Gómez, una visión todavía estigmatizada de la ayuda psicológica profesional. "En determinados entornos sigue asociándose pedir ayuda con la debilidad, con no poder uno mismo", explica. "Además, persiste la idea de que la psicología solo interviene cuando algo está mal, y no como espacio preventivo y de acompañamiento."

El resultado es una resiliencia forzada, donde la fortaleza se convierte en una obligación moral. Este discurso, presente en buena parte de los testimonios, refleja una cultura del aguante y la autosuficiencia emocional, pero también la carencia de estructuras públicas de cuidado y de recursos accesibles para la salud mental.

Como ocurrió con la ayuda material, también en el plano emocional la solidaridad vecinal ha suplido en gran medida la falta de acompañamiento profesional. La comunidad se ha transformado en una red psicosocial informal, un espacio de escucha, comprensión y apoyo mutuo. Hablar con otros que vivieron lo mismo se convirtió en una estrategia de afrontamiento eficaz y en una forma de cuidado compartido.

Fuente: Imagen propia.

Lo que permanece

El análisis de los testimonios evidencia que la DANA puso a prueba tanto la capacidad de respuesta ciudadana como la solidez de las estructuras públicas. Este caso evidencia la necesidad de sistemas públicos capaces de acompañar, coordinar y sostener ante situaciones como esta, más allá de la emergencia inmediata.

Aunque la reconstrucción material ha progresado, la reparación emocional y social sigue pendiente.

Un año después, lo que permanece no es solo el recuerdo del desastre, sino la evidencia de que sus efectos siguen presentes en la vida cotidiana y emocional de quienes lo vivieron.

"La mejor terapia ha sido poder hablar con gente en la misma situación que yo."

(Mujer, 53, Alfafar)

Fuentes

Este trabajo no habría sido posible sin la participación de todas aquellas personas que, de forma totalmente desinteresada, quisieron compartir conmigo sus testimonios.

A todas vosotras, gracias por vuestro tiempo, generosidad y confianza.

Una emergencia sin previo aviso

En prácticamente todos los testimonios se repite el mismo relato: el desconcierto ante un peligro que llegó sin previo aviso. “Había llovido todo el día, pero nada fuera de lo normal. Me fui a la peluquería porque no sabía que venía nada grave”, recuerda una vecina de Chiva.

A media tarde, el agua ya subía por las calles de municipios como Paiporta, Catarroja o Algemesí. “Fue totalmente inesperado, porque ni siquiera llovió.” (Mujer, 27, Catarroja) “Me vino justo aparcar y subir a casa”, añade una vecina de Guadassuar.

La falta de información amplificó el miedo. Las líneas de teléfono colapsaron, no había cobertura, se fue la luz y las alertas oficiales llegaron cuando el agua ya estaba dentro de las casas. “Llamando al 112 y no lo cogían […] No sabíamos de nuestra familia y amigos, no sabíamos hasta cuándo iba a durar ni qué iba a suceder.” (Mujer, 35, Sedaví)

No fue hasta las 20:11 horas cuando la ciudadanía recibió el SMS de alarma, “pero el agua ya la teníamos en la cintura”, apunta una vecina de Aldaia. Esa noche, la angustia, el miedo y la incomunicación definieron la experiencia colectiva.

Al amanecer, el paisaje era irreconocible: calles cubiertas de barro, coches y muebles amontonados… “Las cosas que podías encontrar eran inhumanas, coches por todas partes, gente caminando por la calle llorando, barro que llegaba hasta las rodillas…”, recuerda un vecino de Catarroja.